La Responsabilidad Social Corporativa (RSC) refleja una nueva dimensión de la empresa preocupada en su sostenibilidad y no tanto en el corto plazo. Una triple visión -económica, social y medioambiental- que prima el desarrollo sostenible.

domingo, 28 de marzo de 2010

Cuando el agua no sabe a nada

Cientos de miles de personas que viven en la ribera del Amazonas a su paso por Perú desconocían hasta hace siete años que el agua, cuando es potable, es transparente y no sabe a nada. Les extrañaba porque la que consumían la tomaban del inmenso río frente a sus casas, del mismo lugar donde se ubican las letrinas. El mismo en el que se aseaban y que aún es la zona de los pocos juegos que se pueden permitir los niños por estos lares. Así, el lugar donde se conserva el 10% de recursos de agua dulce del planeta se convertía con demasiada frecuencia en un cóctel ocre y mortal de parásitos. Dos millones y medio de euros han bastado para que más de 400.000 personas puedan evitar morir por problemas derivados de beber agua insalubre. Un proyecto de vida que originó, en contraste, una alarma de muerte.
La ONG española Bomberos Unidos Sin Fronteras (BUSF), en colaboración del Ayuntamiento de Madrid, inauguró hace siete años en Iquitos, capital del departamento peruano de Loreto, un parque de bomberos. Era el primero que tenía esta urbe, ubicada en el corazón de la selva, y que es hoy en día la ciudad más grande del mundo -sin contar islas- a la que no se puede acceder por carretera. Coincidió que en apenas unos días fallecieron cinco niños de uno de los poblados cercanos por infecciones causadas por el agua. Y nació, con ello, el proyecto de potabilización que ha cambiado la vida de la zona más deprimidas de Perú y una de las más pobres de Latinoamérica.
Nueve plantas potabilizadoras después, el panorama en lugares como Delfines es otro. "Era una ciudad que se moría, porque la gente se marchaba. Desde que pusimos nuestra primera planta potabilizadora es la situación contraria. La ciudad no para de crecer y además se está desarrollando", explica Ángel García, presidente de BUSF. Si se tomara Madrid como referencia, este poblado "era antes la Cañada Real [infierno de droga y pobreza en la capital de España] y ahora sería como Pozuelo", indica Tomás Vera, asesor del área de Asuntos Sociales del Ayuntamiento de Madrid.
La vida con un grifo
Hay zonas como Belén, catalogada de pobreza extrema por la ONU, a la que con ciertas dosis de imaginación se ha bautizado como la Venecia del Amazonas, castigadas también por la lacra del turismo sexual y la trata de niños, en las que el agua potable sirve para poner un rayo de luz. Los niños que van al colegio no tienen ni para cuadernos, muchos andan descalzos, viven en rudimentarias viviendas de madera cuyo primer piso se eleva unos dos metros para evitar que las crecidas anuales del Amazonas se los lleve por delante, en casas sin puertas ni privacidad.
Pero ahora al menos están sanos y han aprendido lo que es la higiene, explica Pilar Torel, profesora del colegio de Belén. "Hemos tenido que enseñarles incluso que hay que lavarse las manos. Antes de tener agua potabilizada se ponían enfermos muchas veces y se ausentaban constantemente del colegio".
Luis Guayunga, regidor de esta localidad donde viven unas 5.000 personas con economía de subsistencia (pesca en canoas de madera y agricultura básica), la parasitosis ha descendido en un 90% en estas zonas rurales. Antes, un 7% de los niños moría antes de cumplir cinco años.
Y todo gracias a un grifo. Una de las familias invita a visitar el que tiene en su casa. El hombre abre su sonrisa y una especie de manguera. De ahí sale el agua que ahora beben, con la que cocinan y con la que rellenan unos baldes en los que se bañan su esposa y sus dos hijos. El más pequeño mira una diminuta televisión. El mayor, Michel, un adolescente con vocación musical, sí recuerda que solía ponerse malo cuando bebía, entre su casa y dos letrinas, el agua recién salida del Amazonas.
'De receptores a dadores'
El proyecto de BUSF nació con vocación de crear plantas autosuficientes, con la colaboración de personal local. Los vecinos tienen que pagar una pequeña cantidad y los municipios colaboran para desarrollar parte del proyecto. Quien no lo hace, no recibe agua. Es una forma, según explican los cooperantes, de que también tomen conciencia de la importancia del agua potable. Ni siquiera los regidores de estas localidades parecían ser conscientes de ella. "Muchos nos decían: 'Aquí hagan otros proyectos, hagan carreteras. Pero no traigan agua, que tenemos toda la del Amazonas'", recuerda el presidente de la ONG. La receta funciona y el personal que trabaja en las plantas de las poblaciones cercanas a Iquitos se han convertido en cooperantes fuera de sus fronteras. Dos de los empleados en Belén se encuentran ahora en Haití, ayudando a la instalación de plantas potabilizadoras a raíz de la situación de emergencia tras el terremoto que destruyó Puerto Príncipe y dejó más de 200.000 muertos. "Han pasado de ser receptores a dadores. Y son los más indicados en una situación de emergencia, porque están acostumbrados a trabajar en esas condiciones", añade.
El ciclo se completa. El agua mantiene la vida y la cooperación crea cooperación. No es algo que no podría hacer el Gobierno de Perú, señalan los cooperantes. Pero las promesas de potabilizar agua se venían arrastrando desde hace décadas. Pero en Iquitos y alrededores viven cerca de 1.200.000 habitantes y el verdadero oro líquido aún no llega a medio millón.
Fuente: Lucía González (El Mundo)

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